Una carcajada que fue real
Sobre la exposición “Un cajero de otra época y otras treinta y tantas fotos grises que recuerdo vagamente haber tomado” de José Luis Cuevas
Daniel Venegas
12 de agosto de 2026
Conozco la obra de José Luis Cuevas desde hace casi veinte años, cuando en una bienal de fotografía donde exponían su trabajo vi por primera vez esa tipología de cincuentones comunes, titulada Hombre promedio. Estaba egresando de la facultad y me costaba trabajo entender la diferencia entre fotoperiodismo y fotografía autoral. Ese mismo día, también estuve bebiendo con él y un grupo de amigos en una cantina del Centro de la Ciudad de México.
Hoy, estoy frente al muro con su obra, otra vez, y me siento nostálgico. Siempre me he preguntado si esta es la función esencial de la fotografía —evocar la nostalgia— y, además, por la intención con que fueron creadas algunas imágenes. El trabajo de Cuevas me ha dado muchas sorpresas: sus intenciones son mucho más humanistas de lo que, a primera vista, sus imágenes podrían revelar a muchos.
De entre todas las imágenes de la exposición, pongo mi atención en unas con personas riendo. Para este momento, ya no siento nostalgia. Ahora, me reconozco en las imágenes, me recuerdo en cantinas con amigos visitando El Dos Naciones, La Hija de los Apaches que estaba sobre avenida Cuauhtémoc, La Faena, Las Escaleras o El Consorcio de Bucareli.
Y pienso en el Cuevas de aquellos años, inmerso por completo en La Apestosa o El Café Topacio, toda la noche, solo o con algunos amigos. Luego, lo veo caminando de madrugada o cerca de la medianoche por las avenidas de la ciudad hacia su casa. Caminando por el gusto de exponerse a la noche con sus peligros o por la necesidad de quemar adrenalina o por la otra necesidad, que uno no entiende, la de postergar la llegada a cualquier lugar.
Me hubiera gustado estar en esos lugares acompañando a Cuevas. Dudo que le hubiera podido seguir el paso, pero en verdad me hubiera gustado, al menos una vez, haber estado ahí.
Las imágenes de Cuevas, revelan que es una mente que procesa la realidad muy distinto a la mayoría. No cesa de sentir y de pensar y de dudar sobre la naturaleza o la esencia del arte en general y, en particular, de las imágenes fotográficas. A juzgar por el resultado que son sus fotografías, lo hace con rigor, método y disciplina. Al ver su obra, me da la impresión de que es un inconforme con la realidad que lo rodea. Al ver su obra, también, casi podría asegurar que Cuevas es un firme exponente de la autoafirmación en la subjetividad radical, esa subjetividad que se ve en la obra de pocos. Filósofos como Kierkegaard estarían orgullosos de él.
Vuelvo a las risas de las imágenes en el muro. Me parece que son risas de personas que no están acostumbradas a reír. Imagino rostros cuyos músculos son usados para masticar, hablar, gritar, apretar la mandíbula, pero no para reír. Rostros que se ríen con torpeza, con lo que pueden, casi siempre con dolor. Me pregunto si esto que pienso será cierto. De lo que sí estoy seguro es de que vale la pena mirar de cerca y con tiempo las caras en las fotografías de Cuevas, esas risas y carcajadas atravesadas por un tipo extraño de interferencia.
Las fotografías de las que hablo comparten espacio contiguo con la imagen del cadáver de un perro tendido sobre el pavimento, esto me parece curioso. Los rientes y el cadáver comparten un detalle: muestran los dientes, los colmillos. Y me doy cuenta de que nunca me había sentido tan cerca de una carcajada, tan cerca de un instante de goce puro, de una risa que no sirve ni como catarsis . Y si me pongo bíblico pienso que en los lugares en los que solía fotografiar Cuevas, en aquellos días, se manifestaba el éxodo de algo, quizás de él mismo.
La exposición se presenta en Resplandor Almacen de Fotografías, ubicado en Alvaro Obregón 185 piso 2, Ciudad de México. Consulta horarios. La entrada es gratis y también venden fotolibros.
Enlace a google maps de Almacen de Fotografía.
Enlace al instagram del almacen
Galería